Al despertar
uno se vuelve
al que era
al que tiene
el nombre con que nos llaman,
al despertar
uno se vuelve
seguro,
sin pérdida,
al uno mismo
al uno solo
recordando
lo que olvidan
el tigre
la paloma
en su dulce despertar.
(Fina Garcia Marruz, poetisa cubana)
domingo, 15 de mayo de 2011
Al ritmo de los sueños
Estaba dando vueltas en la cama. El karaoke del bar California, que está a una cuadra de mi casa, estaba en su mejor momento, yo en el peor. El eco de las desafinadas voces, una parodia del canto, llegaban a mi ventana. No tengo nada en contra de la libre expresión, que cada uno cante como puede, pero no a esa hora y con un volumen, que inevitablemente invade un espacio a varias cuadras alrededor. Busqué los tapones para oidos, me los coloqué, respiré hondo y me volví a acostar.
Cerré los ojos y estiré mi cuerpo en la cama. Los ruidos de la calle desaparecieron como por arte de magia y yo quedé sumergida en la oscura calma del silencio. Como en un teatro, cuando se levanta la cortina, apareció de pronto una nueva escena, la del mar adentro donde se juega la función de mis sentidos. Dejé que mi cuerpo derrame las tensiones de las articulaciones y músculos en la cama, naturalmente, sin resistencia. Por unos breves momentos el cuerpo obedeció y el contacto entre las sábanas y la piel se volvió imperceptible, como si no hubiera un arriba y un abajo, como si todo fuero uno. Me sorprende como en este estado una se parece al mar. Mientras no hay viento – pensamientos, hay calma. Apenas aparecen los mínimos indicios de alguna idea, el cuerpo comienza a tensarse. Y eso fue lo que sucedió, comencé a sentir un ligero hormigueo en las piernas. Una sensación de calor y peso en el hombro izquierdo, alteró el frágil equilibrio corporal. Mi respiración se detuvo por un momento, como cuando una ola se encuentra con la playa formando espuma, tomando aire. Y después se retira y desaparece debajo de la cresta de una ola nueva.
Cerré los ojos y estiré mi cuerpo en la cama. Los ruidos de la calle desaparecieron como por arte de magia y yo quedé sumergida en la oscura calma del silencio. Como en un teatro, cuando se levanta la cortina, apareció de pronto una nueva escena, la del mar adentro donde se juega la función de mis sentidos. Dejé que mi cuerpo derrame las tensiones de las articulaciones y músculos en la cama, naturalmente, sin resistencia. Por unos breves momentos el cuerpo obedeció y el contacto entre las sábanas y la piel se volvió imperceptible, como si no hubiera un arriba y un abajo, como si todo fuero uno. Me sorprende como en este estado una se parece al mar. Mientras no hay viento – pensamientos, hay calma. Apenas aparecen los mínimos indicios de alguna idea, el cuerpo comienza a tensarse. Y eso fue lo que sucedió, comencé a sentir un ligero hormigueo en las piernas. Una sensación de calor y peso en el hombro izquierdo, alteró el frágil equilibrio corporal. Mi respiración se detuvo por un momento, como cuando una ola se encuentra con la playa formando espuma, tomando aire. Y después se retira y desaparece debajo de la cresta de una ola nueva.
Sí, yo estaba en una playa, sola, en una playa enorme, que no tenía final. Tan grande era la playa, que se perdía en el horizonte de la misma forma como lo hacía el mar. Divisé en la lejanía, sobre la playa, puntos negros que se movían. Se movían y se acercaban. Hacía mucho calor, el sol estaba encima mío, gotitas de sudor me bajaban por la frente. El mar calmado. La arena ardiente. Los puntos negros, poco a poco se transformaban en figuras humanas. Algo extraño había en ellas y yo no podía entender que era. Un sentido de incomprensible inquietud me puso en marcha. Caminé al encuentro de las personas, que eran muchas. Se acercaban y yo pude distinguir que algunas de ellas cojeaban, otras iban agachadas, unas se tocaban la cabeza, otras un codo u hombro, abdomen o cintura. Cuando estaban cerca de mí cada una me decía, lo que le aquejaba, sin detenerse, la mirada puesta en la dirección donde iban, siguiendo la playa. Tan solo una ligera rotación de sus cabezas, me dejaba ver que me hablaban a mí. Que pasó?,- preguntaba yo, - A dónde van? Nadie me respondía.
Cómo cuando cae granizo sobre un techo de lata, se escuchaban las palabras que salían de sus bocas: Tengo el tobillo hinchado, la pierna quebrada, dolor de estomago, no veo, me duele el oído, tengo jaqueca, no aguanto el dolor de espalda, - decían y seguían caminando. Yo estaba perpleja, no sabía si esto era un extraño juego. – Y tú que tienes?,- me preguntó alguien de la multitud, sin esperar respuesta. Rápidamente observé mi cuerpo y mis sensaciones, sin detectar nada anormal. Debo tener algo? Me sentí sola y desubicada. Qué hacer, adonde ir?
Tun tun tun tun. Suena un lejano tambor. Un líquido cálido se derrama en el espacio. Pequeñas hormigas recorren caminos sin fin. Un pájaro abre lentamente sus plumosas alas y todavía más lentamente levanta el vuelo, planeando entre las corrientes de aire que cobijan la superficie eterna del mar. Un cangrejo saca sus tenazas de un orificio en la playa para desaparecer junto con su morada bajo una repentina ola de arena-mar. La inmensidad turquesa se menea como las caderas de una bailarina de la danza de vientre. El mar se abre y un ser levanta la cabeza tomando aire esparciendo abanicos de gotitas brillantes al agitar su abundante melena llena de agua salada. En el aire vibra la frase que nadie ha pronunciado: Moe led taero. Sin develar su significado, las palabras quedan flotando en la conciencia que emerge lentamente del espacio de ensueños.
Poco a poco despierta la memoria que inicia su labor tediosa de ponerle nombre y significado a todo lo que ocurre, escarbando en la empolvada biblioteca de los recuerdos.
Se oye la autoritaria voz del gallo, el único que porta permiso municipal para interrumpir los amaneceres del barrio. Con ojos cerrados comienzo a escanear mi cuerpo, que todavía no es del todo mío. Todavía es de la playa y del mar, del tambor, de las hormigas, del pájaro y del cangrejo. Todavía está con un pie en un universo incomprensible, que atemoriza y enamora, donde la gente camina sin detenerse, con mar de dolencias a cuestas, donde los seres emergen del mar y hablan un lenguaje desconocido. Sin saberlo, sin recordarlo, llevo las memorias impresas en mi cuerpo. Cuántas? Desde hace cuándo? Las sábanas son las primeras que dan bienvenida al despertar del tacto. No tengo peso todavía, floto. Me muevo un poco y la gata recostada sobre mis pies, perezosa, se baja de la cama. Ya sé donde es arriba y donde es abajo. Es sábado – tres sílabas resuenan en mi...¿cabeza? Se rompió la magia de las ensoñaciones sin recuerdos. Es sábado, tengo que levantarme, cargar el celular, por si me llaman mis hijos. Ya sé quién soy, dónde estoy y qué quiero y no quiero hacer hoy, sábado. Suave golpeteo en las latas de zinc anuncia una lluvia temprana. Es invierno, la época lluviosa en San José.
Se oye la autoritaria voz del gallo, el único que porta permiso municipal para interrumpir los amaneceres del barrio. Con ojos cerrados comienzo a escanear mi cuerpo, que todavía no es del todo mío. Todavía es de la playa y del mar, del tambor, de las hormigas, del pájaro y del cangrejo. Todavía está con un pie en un universo incomprensible, que atemoriza y enamora, donde la gente camina sin detenerse, con mar de dolencias a cuestas, donde los seres emergen del mar y hablan un lenguaje desconocido. Sin saberlo, sin recordarlo, llevo las memorias impresas en mi cuerpo. Cuántas? Desde hace cuándo? Las sábanas son las primeras que dan bienvenida al despertar del tacto. No tengo peso todavía, floto. Me muevo un poco y la gata recostada sobre mis pies, perezosa, se baja de la cama. Ya sé donde es arriba y donde es abajo. Es sábado – tres sílabas resuenan en mi...¿cabeza? Se rompió la magia de las ensoñaciones sin recuerdos. Es sábado, tengo que levantarme, cargar el celular, por si me llaman mis hijos. Ya sé quién soy, dónde estoy y qué quiero y no quiero hacer hoy, sábado. Suave golpeteo en las latas de zinc anuncia una lluvia temprana. Es invierno, la época lluviosa en San José.
Me voy vistiendo poco a poco con la seguridad de las certezas. Mis pensamientos, como hormigas, comienzan a recorrer los caminos trazados desde antes persiguiendo algún fin desconocido, aparentemente importante. Sin embargo las sensaciones que germinaron durante la noche, interrumpen, desordenan, ponen en caos las ideas. Me siento, pongo los pies en el piso y mis plantas buscan con movimientos automáticos las chancletas. Apareció sólo una. Me agacho para buscar la otra debajo la cama. No está. Voy a otro cuarto. Nada.
Moe led taero.
(2011)
(2011)
domingo, 8 de mayo de 2011
Los extraños retratos de la memoria
‘Escriba algo libre sobre la memoria de los gatos, algo metafórico’, - me dijo María por Skype. Ella en Denver, Colorado y yo aquí en San José. Pues dió en blanco con esta sugerencia. Me tengo un rollo con la memoria. Pero no sé por donde comenzar. Miro los gatos a ver que se me ocurre. Leo lo escrito por Nela y Yarman y las memorias de ellas me hacen cosquillas. Como si cada una de ellas, con sus emotivas narraciones apuntaran al corazon de las mujeres del mundo. Lo particular, individual se hace universal a través del acto de escribir-leer-escuchar-sentir de las mujeres. No sé por donde comenzar, hojeo el periódico de hoy y me encuentro esto:
LOS EXTRAÑOS RETRATOS de Fina García Maruz: Ahora que estamos solos, infancia mía, hablemos, olvidando un momento los extraños retratos que nos hicieron. Hablemos de lo que tú y yo, por no tener ya nada, sabemos. Que esta solitaria noche mía no ha tenido la gracia del comienzo, y entré en la danza oscura de mi estirpe como un joven tristísmo en un lienzo. Mi imagen sucesiva no me habita sino como un oscuro remordimiento, sin poder distinguir siguiera qué de mi pan o de i vino invento. En el oscuro cuarto en que levanto la mano con un gesto polvoriento, donde no puedo entrar, allí me miras con tu traje y tu terco fundamento, y no sé si me llamas o qué quieres en este mutuo, extraño desencuentro. Y a veces me parece que me pides para que yo te saque del silencio, me buscas en los árboles de oro y en el perdido parque del recuerdo, y a veces me parece que te busco a tu tranquila fuerza y tu sombrero., para que tú me enseñes el camino de mi perdido nombre verdadero. De tu estrella distante, aparecida, no quiero más la luz tan triste sin el Cuerpo. Ahonda en mí. Encuéntrame. Y que tu pan sea el día nuestro.
LOS EXTRAÑOS RETRATOS de Fina García Maruz: Ahora que estamos solos, infancia mía, hablemos, olvidando un momento los extraños retratos que nos hicieron. Hablemos de lo que tú y yo, por no tener ya nada, sabemos. Que esta solitaria noche mía no ha tenido la gracia del comienzo, y entré en la danza oscura de mi estirpe como un joven tristísmo en un lienzo. Mi imagen sucesiva no me habita sino como un oscuro remordimiento, sin poder distinguir siguiera qué de mi pan o de i vino invento. En el oscuro cuarto en que levanto la mano con un gesto polvoriento, donde no puedo entrar, allí me miras con tu traje y tu terco fundamento, y no sé si me llamas o qué quieres en este mutuo, extraño desencuentro. Y a veces me parece que me pides para que yo te saque del silencio, me buscas en los árboles de oro y en el perdido parque del recuerdo, y a veces me parece que te busco a tu tranquila fuerza y tu sombrero., para que tú me enseñes el camino de mi perdido nombre verdadero. De tu estrella distante, aparecida, no quiero más la luz tan triste sin el Cuerpo. Ahonda en mí. Encuéntrame. Y que tu pan sea el día nuestro.
lunes, 2 de mayo de 2011
Abracadabra, ábranse muros
Mi pasado volvió a mi presente
y mi presente volvió a mi pasado.
El presente quedó perdido en el espacio,
se quedó suspendido en las estrellas.
Ernesto, 11 años.[1]
Una tarde sin memorias.
Es medio día y hace calor en San José. Mis tres criaturas gatunas están rendidas soportando el bochorno de sus peludos abrigos. Tendidas sensualmente en poses relajadas contagiándome con su somnolencia. No hay ninguna tensión en sus agraciados cuerpos, ningún stress ni preocupación, de las que nos aquejan a nosotras, las humanas, cuando nos acurrucamos en la cama para conciliar el sueño.
Las gatas tendrán memoria? Seguro que sí, porque a veces me doy cuenta que me guardan rencor, por no ponerles atención que de vez cuando reclaman. En las mañanas se suben a mi cama, marchan sobre mis piernas y ronronean a la par de mi oído, porque saben muy bien quién es la que compra la comida granulada para gatos y les cambia a diario el agua. Sin embargo sus memorias solo modifican sus conductas y no la líquida fluidez de sus cuerpos. Nosotras, las criaturas humanas adultas, digerimos las memorias mientras dormimos, rechinando dientes, disparando cadenas de palabras con sentido o sin sentido, luchando con nuestros entumidos músculos contra los suaves colchones. Las llevamos en nuestro modo de caminar; en las adoloridas nucas, caderas, rodillas; cuando cruzamos los brazos en el pecho para protegernos de peligros ya pasados, o cuando, sin darnos cuenta, encorvamos la espalda y bajamos la cabeza como si cargáramos sacos con piedras.
Hace unos años atrás, decidí no acudir tanto a las memorias para explicar el presente y planear el futuro. Como quién decide recuperar la vista, relajando los músculos oculares y prescindiendo de los anteojos para leer. Hace dos meses borré de mi computadora todas las fotos, fueron más de mil. Sin piedad, reteniendo el aire para soltarlo segundos después con fuerza y dejando que el espacio vacío abra las puertas de mis pulmones para que entren aires nuevos.
Hoy, una pequeña nota en la prensa checa, sobre la remodelación de un teatro en la Ciudad Vieja de Praga, levantó una tormenta de imágenes en mi cabeza. Mil campanas resonaron en todo mi cuerpo. La Ciudad Vieja es un barrio central de Praga, su corazón, su memoria, sus sufrimientos, misterios, olores, sabores, luces y sombras. Son sus ‘gritos y susurros’.
La hora 0
Cuando el siglo pasado se partía a la mitad como una sandía madura, a media noche en punto de un 25/26 de mayo, mi madre daba a luz. Era la primavera, mayo del 55, los lilos llenaban los jardines de Praga con un aroma embriagante, las gatas parían sus crías y las parejitas de enamorados surgían como hongos después de la lluvia. Unas semanas antes se celebró el décimo aniversario de la victoria sobre el fascismo en Europa y en la cima de la colina de Letná se acaba de develar una enorme estatua de Stalin. Nací a una hora indefinida, la hora cero, cero minutos, que llevó a discutir al doctor con la enfermera sobre el registro de la fecha de nacimiento. Quedó inscrita la fecha del 26. porque yo ‘ya estaba en este mundo’ según declaró el médico.
Cuando estrené mi mochila roja
Seis años después, un 12 de abril, el país y el mundo entero se estremeció de asombro y de alegría ante la noticia sobre la conquista del cosmos. El sonriente cosmonauta ruso Yuri Gagarin abrió la frontera del horizonte que nos separaba del espacio exterior de la tierra. El 22 de julio del mismo año, la R.D.A cierra la frontera entre el Berlín del este y del oeste y un mes después inicia la construcción de un muro entre las dos partes de la ciudad. Un muro que pronto se convirtió en una fortaleza de cemento de 5 metros de alto, rodeando completamente el Berlín occidental.
En esta misma época entré a la escuela. 1 de septiembre del 1961. La fecha escrita con tiza en la pizarra negra en letra cursiva impecable, de un solo trazo seguro y suelto de la maestra de ojos negros profundos.
Sentada en el pupitre de la tercera fila, no sabía que mirar primero, si a la maestra, la pizarra o los libros de textos ilustrados frente a mí, la pluma, el tintero y lápices de colores. Todo ordenadito, oliendo a nuevo, colorido y mío. Elegí dirigir mi atención a lo que se podía tocar y oler.
Mientras tanto mi mamá, en un vestido veraniego, se codeaba con una multitud de otras mamás recostadas en las paredes del aula. La inundaba una gran emoción. Su niña, Dendulka, la menor, ya estaba en escuela. Mucho ha cambiado desde que los hijos mayores iniciaron su carrera escolar. Ahora hasta los útiles y libros eran gratis. Un chico lloraba desconsoladamente. Yo también tenía un poco de susto, por tantas niñas y niños desconocidos.
Pero valió la pena. Mi mochila nuevecita de cuero rojo emanaba el olor característico de la piel bovina. Este sólo recuerdo me activa las células olfativas y gustativas. Escucho, como si fuera real, el chasquido de los cierres metálicos de la mochila, desde mis manos fluye el recuerdo de una placentera sensación de autoimportancia que me mantenía abriendo y cerrando la mochila una y otra vez, una y otra. Clic, clic, clic.
La maestra Vera Zajícková, nos daba bienvenida y nos introducía a unas cuantas reglas básicas de comportamiento en clase. Se nos insistía en mantener las manos detrás de la espalda, no hablar sin que se nos solicite y levantar la mano pidiendo palabra. La camarada[2] Zajícková era joven, tenía un abundante y ondulado pelo negro, que le llegaba hasta los hombros. Su rostro expresaba seriedad, sin embargo sus gestos, postura y voz eran cariñosos y maternales. Yo escuchaba la voz de la maestra Vera, como quién escucha el gorgojeo de una cascada. Me inundaban sensaciones de curiosidad, temor e impaciencia por coger la pluma y sumergirla en el tintero.
Frente a una docena de pupitres dobles estrenando dueños, se extendía la orgullosa y dominante pizarra negra, junto a la imagen del presidente Antonín Novotný y del cosmonauta soviético Yuri Gagarin. Así como el 12 de abril la gente quedaba paralizada en media calle escuchando la voz festiva que brotaba de los altoparlantes ubicados en las calles anunciando la conquista del espacio cósmico por el ser humano, yo, la pequeña Dendulka, estaba abrumada con una emoción nueva y desbordante. Para mí en ese momento nacía un universo nuevo, el del saber, de la libertad e independencia. Y también el de los muros, que no dejan ver más allá de la razón.
Entre muros, juegos y misterios
Una semana más tarde comencé yo sola atravesar camino a la escuela, las curvilíneas calles de la Ciudad Vieja, con edificios llenos de secretos, escondites e historias.
Mi escuela se encontraba en la calle Masná, a una cuadra del edificio donde setenta años atrás estudiaba Franz Kafka, escritor de raíces judías, que en su obra mezclaba con toda naturalidad la fantasía con la realidad. Y es que viviendo en la Ciudad Vieja de Praga, una no se puede escapar al eterno balanceo entre el estado de vigilia y del sueño. Algunos de los edificios y templos que rodean mi escuela en Masná tienen una historia de más de siete siglos. Las antiguas casas llevaban nombres de fábula: La casa de la Campana de Piedra, Del Elefante Negro, De tres Violines, Del Caballo Azul, Del Anillo de Oro, Del Asno en la Cuna, De Dos Soles. Incontables leyendas y misterios acompañan la historia de Praga y de su gente. Historias a veces cómicas y divertidas, a veces crueles y desconcertantes.
Sin embargo, con la entrada a la escuela, la percepción inmediata, con la que exploramos y conquistamos el universo al abandonar el seguro y cálido vientre materno, comenzó a quedar en el olvido, inundando mis sueños de imágenes incomprensibles. La insaciable curiosidad prefirió alimentarse de ideas, conceptos, etiquetas, razones lógicas y explicaciones, que en la escuela abundaban como manzanas en el otoño. Y no tardé mucho en dejarme convencer que la mente dominaba al cuerpo y a los sentidos, así como el cochero dirige los caballos que tiran de la carreta. Apenas dominé un poco la escritura, hice una carta a una revista infantil preguntando – ¿Qué va a pasar cuando el Sol se acabe? Mi pregunta fue publicada en la revista junto con la tranquilizante respuesta – Faltan millones de años para que el sol consuma toda su energía. No tardé mucho para encontrarme otra razón de preocupaciones – el infinito. Sin importar de que forma abordaba el problema del infinito, se me hacía imposible imaginármelo. En mis fantasías sobre el universo, siempre llegaba a una orilla, todo tenía su principio y fin.
Pero cuando atravesaba junto con mis amigas las calles de Praga, desde la escuela a mi casa, entraba, sin darme cuenta, en un mundo infinito, multidimensional, colorido, sorprendente. Primero solíamos meternos en las catacumbas de un bunker antiaéreo clausurado, que estaba al puro frente de la escuela. Entrábamos ahí moviendo dos tablas de madera que tapaban la entrada. Todavía puedo sentir escalofríos, recordando los pasillos húmedos, oscuros, con barro en el piso y en las paredes dibujos de pocos trazos, simbolizando los órganos sexuales masculinos y femeninos. El miedo era siempre más fuerte que la curiosidad y nosotras salíamos de ahí corriendo al ver alguna sombra sospechosa o un ruido no identificable. A veces bastaba un estornudo de una de nosotras. La siguiente parada solía ser la iglesia de San Jacobo, donde en la oscura altura de una cúpula de este antiquísimo templo, se mecía algo parecido a un trapo. La leyenda cuenta que la estatua de Virgen María en el altar principal era considerada milagrosa. La gente le traía regalos y ofrendas. Un ladrón que quiso robarse un collar con monedas de oro, quedó atrapado por la mano de la Virgen. Según la leyenda, al ladrón le fue cortada la mano y colgada en una cadenita en las alturas de los imponentes cielos de la iglesia. Nosotras nos paramos abajo observando y discutiendo si era verdad o no y que podría ser aquello.
Cuando el día era soleado seguíamos a un parque infantil a jugar bolinchas y dar vueltas en barandas metálicas. De vez en cuando nos deteníamos en una casa vieja, con ventanas grandes que daban a la calle, adornadas con cortinas de nylon de un color indefinible, llenas de polvo. Ahí había un timbre grande al alcance de nuestras pequeñas manos. Tocábamos el timbre varias veces y salíamos corriendo a toda velocidad, con nuestras mochilas llenas de libros brincando ruidosamente en la espalda. Escondiéndonos detrás de la primera esquina, escuchábamos los gritos de una pobre señora maldiciendo a todos los niños del mundo, malvados y malcriados. Ahí enriquecíamos nuestro vocabulario con más de una expresión jugosa del habla popular.
La última estación, antes de llegar a casa, solía ser el almacén de utilitería y vestuario del Teatro de J. Wolker. Detrás de un gran ventanal estaban expuestos en estantes de diferente altura, los más coloridos y exóticos sombreros, adornados con lazos, flores y plumas. Nuestras figuras se reflejaban en el cristal de la ventana y nos acomodábamos de tal forma que los sombreros parecían descansar sobre nuestras cabezas, cubriendo las infantiles pavas, colas de caballo y trenzas. Nos hacíamos dueñas de los ‘nuestros’ y más de una vez armábamos pleitos cuando alguna quería apoderarse del sombrero que ya pertenecía a otra. En estas cruzadas después de la escuela, no existía el tiempo para nosotras. Pero no fue así para nuestras madres. La mía me ponía a escribir cien veces ‘Debo llegar temprano a casa’. Si me distraía y comenzaba a jugar, se agregaban otras cien veces ‘Debo hacer caso a mi mamá’. Creo que hubiera preferido que me corten la mano y la cuelguen en la iglesia, que estar escribiendo tanto tiempo con la mano ya entumecida un texto tan terriblemente aburrido. Si bien mi letra se benefició y nunca tuve problemas con la escritura, a su vez desarrollé una alta resistencia a ciertas tareas repetitivas y obligatorias.
El tiempo, el infinito y los sentidos
Medio siglo pasó ya desde que se construyó el muro de Berlín, desde que Gagarin dio vuelta al mundo en un cohete y yo entré a la escuela. El muro de Berlín está convertido en polvo, la estatua de Stalin fue derrumbada y en su lugar fue colocado un gigante metrónomo llamado La máquina del tiempo. El infinito del universo amplio sus inexistentes fronteras extendiéndose al mundo imaginario humano a través de la red Internet. Praga está lejos, a miles de kilómetros, detrás del océano. Y a la vez está aquí, frente a mí, en la pantalla de la computadora. Quién soy yo, dónde estoy, qué hora es? Qué caos....
Pero cuando acaricio la suave piel de mi gata, todo toma su lugar. Las memorias, los misterios no resueltos, el pasado y el futuro. Como si el tacto fuera un cohete que me lleva al universo donde las diferentes dimensiones, que a través de años acostumbré a observar por separado, se vuelven a unir.
Hace calor, me levanto para partir una piña madura y me la como lentamente llenándome de su sabor agridulce.
10.04.2011 Fotos de murales que se encuentran alrededor del Hospital Calderón Guardia, San José. Ultima pintura es de Xiomara Blanco
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