domingo, 15 de mayo de 2011

Al ritmo de los sueños



Estaba dando vueltas en la cama. El karaoke del bar California, que está a una cuadra de mi casa, estaba en su mejor momento, yo en el peor.  El eco de las desafinadas voces, una parodia del canto, llegaban a mi ventana. No tengo nada en contra de la libre expresión, que cada uno cante como puede, pero no a esa hora y con un volumen, que inevitablemente invade un espacio a varias cuadras alrededor. Busqué los tapones para oidos, me los coloqué, respiré hondo y me volví a acostar.

Cerré los ojos y estiré mi cuerpo en la cama.  Los ruidos de la calle desaparecieron como por arte de magia y yo quedé sumergida en la oscura calma del silencio. Como en un teatro, cuando se levanta la cortina, apareció de pronto una nueva escena, la del mar adentro donde se juega la función de mis sentidos.  Dejé que mi cuerpo derrame las tensiones de las articulaciones y músculos  en la cama, naturalmente, sin resistencia. Por unos breves momentos el cuerpo obedeció y el contacto entre las sábanas y la piel se volvió  imperceptible, como si no hubiera un arriba y un abajo, como si todo fuero uno. Me sorprende como en este estado una se parece al mar. Mientras no hay viento – pensamientos, hay calma. Apenas aparecen los mínimos indicios de alguna idea, el cuerpo comienza a tensarse.  Y eso fue lo que sucedió, comencé a sentir un ligero hormigueo en las piernas. Una sensación de calor y peso en el hombro izquierdo, alteró el frágil equilibrio corporal. Mi respiración se detuvo por un momento, como cuando una ola se encuentra con la playa formando espuma, tomando aire. Y después se retira y desaparece debajo de la cresta de una ola nueva.

Sí, yo estaba en una playa, sola, en una playa enorme, que no tenía final. Tan grande era la playa, que se perdía en el horizonte de la misma forma como lo hacía el mar. Divisé en la lejanía, sobre la playa, puntos negros que se movían. Se movían y se acercaban. Hacía mucho calor, el sol estaba encima mío, gotitas de sudor me bajaban por la frente. El mar calmado. La arena ardiente. Los puntos negros, poco a poco se transformaban en figuras humanas. Algo extraño había en ellas y yo no podía entender que era. Un sentido de incomprensible inquietud  me puso en marcha. Caminé al encuentro de las personas, que eran muchas. Se acercaban y yo pude distinguir que algunas de ellas cojeaban, otras iban agachadas, unas se tocaban la cabeza, otras un codo u hombro, abdomen o cintura. Cuando estaban cerca de mí cada una me decía, lo que le aquejaba, sin detenerse, la mirada puesta en la dirección donde iban, siguiendo la playa. Tan solo una ligera rotación de sus cabezas, me dejaba ver que me hablaban a mí. Que pasó?,- preguntaba yo, - A dónde van?  Nadie me respondía.

Cómo cuando cae granizo sobre un techo de lata, se escuchaban las palabras que salían de sus bocas:  Tengo el tobillo hinchado, la pierna quebrada, dolor de estomago, no veo, me duele el oído, tengo jaqueca, no aguanto el dolor de espalda, -  decían y seguían caminando.  Yo estaba perpleja, no sabía si esto era un extraño juego. – Y tú que tienes?,- me preguntó alguien de la multitud, sin esperar respuesta. Rápidamente observé mi cuerpo y mis sensaciones, sin detectar nada anormal. Debo tener algo? Me sentí sola y desubicada. Qué hacer, adonde ir?

Tun tun tun tun. Suena un lejano tambor. Un líquido cálido se derrama en el espacio. Pequeñas hormigas recorren caminos sin fin. Un pájaro abre lentamente sus plumosas alas y todavía más lentamente levanta el vuelo, planeando entre las corrientes de aire que cobijan la superficie eterna del mar. Un cangrejo saca sus tenazas de un orificio en la playa para desaparecer junto con su morada bajo una repentina ola de arena-mar.  La inmensidad turquesa se menea como las caderas de una bailarina de la danza de vientre.  El mar se abre y un ser levanta la cabeza tomando aire esparciendo abanicos de gotitas brillantes al agitar su abundante melena llena de agua salada. En el aire vibra la frase  que nadie ha pronunciado: Moe led taero.  Sin develar su significado, las palabras quedan flotando en la conciencia que emerge lentamente del espacio de ensueños.

Poco a poco despierta la memoria que inicia su labor tediosa de ponerle nombre y significado a todo lo que ocurre, escarbando en la empolvada biblioteca de los recuerdos. 

Se oye la autoritaria voz del gallo, el único que porta permiso municipal para interrumpir los amaneceres del barrio.  Con ojos cerrados comienzo a escanear mi cuerpo, que todavía no es del todo mío. Todavía es de la playa y del mar, del tambor, de las hormigas, del pájaro y del cangrejo. Todavía está con un pie en un universo incomprensible, que atemoriza y enamora, donde la gente camina sin detenerse, con mar de dolencias a cuestas, donde los seres emergen del mar y hablan un lenguaje desconocido. Sin saberlo, sin recordarlo, llevo las memorias impresas en mi cuerpo. Cuántas? Desde hace cuándo?  Las sábanas son las primeras que dan bienvenida al despertar del tacto.  No tengo peso todavía, floto. Me muevo un poco y la gata recostada sobre mis pies, perezosa, se baja de la cama.  Ya sé donde es arriba y donde es abajo.  Es sábado – tres sílabas resuenan en mi...¿cabeza?  Se rompió la magia de las ensoñaciones sin recuerdos. Es sábado, tengo que levantarme, cargar el celular, por si me llaman mis hijos.  Ya sé quién soy, dónde estoy y qué quiero y no quiero hacer hoy, sábado.  Suave golpeteo en las latas de zinc anuncia una lluvia temprana. Es invierno, la época lluviosa en San José.

Me voy vistiendo poco a poco con la seguridad de las certezas.  Mis pensamientos, como hormigas, comienzan a recorrer los caminos trazados desde antes persiguiendo algún fin desconocido, aparentemente importante.  Sin embargo las sensaciones  que germinaron durante la noche, interrumpen, desordenan, ponen en caos las ideas. Me siento, pongo los pies en el piso y mis plantas buscan con movimientos automáticos las chancletas. Apareció sólo una.  Me agacho para buscar la otra debajo la cama.  No está. Voy a otro cuarto. Nada.
Moe led taero.
(2011)

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