Mi pasado volvió a mi presente
y mi presente volvió a mi pasado.
El presente quedó perdido en el espacio,
se quedó suspendido en las estrellas.
Una tarde sin memorias.
Es medio día y hace calor en San José. Mis tres criaturas gatunas están rendidas soportando el bochorno de sus peludos abrigos. Tendidas sensualmente en poses relajadas contagiándome con su somnolencia. No hay ninguna tensión en sus agraciados cuerpos, ningún stress ni preocupación, de las que nos aquejan a nosotras, las humanas, cuando nos acurrucamos en la cama para conciliar el sueño.
Las gatas tendrán memoria? Seguro que sí, porque a veces me doy cuenta que me guardan rencor, por no ponerles atención que de vez cuando reclaman. En las mañanas se suben a mi cama, marchan sobre mis piernas y ronronean a la par de mi oído, porque saben muy bien quién es la que compra la comida granulada para gatos y les cambia a diario el agua. Sin embargo sus memorias solo modifican sus conductas y no la líquida fluidez de sus cuerpos. Nosotras, las criaturas humanas adultas, digerimos las memorias mientras dormimos, rechinando dientes, disparando cadenas de palabras con sentido o sin sentido, luchando con nuestros entumidos músculos contra los suaves colchones. Las llevamos en nuestro modo de caminar; en las adoloridas nucas, caderas, rodillas; cuando cruzamos los brazos en el pecho para protegernos de peligros ya pasados, o cuando, sin darnos cuenta, encorvamos la espalda y bajamos la cabeza como si cargáramos sacos con piedras.
Hace unos años atrás, decidí no acudir tanto a las memorias para explicar el presente y planear el futuro. Como quién decide recuperar la vista, relajando los músculos oculares y prescindiendo de los anteojos para leer. Hace dos meses borré de mi computadora todas las fotos, fueron más de mil. Sin piedad, reteniendo el aire para soltarlo segundos después con fuerza y dejando que el espacio vacío abra las puertas de mis pulmones para que entren aires nuevos.
Hoy, una pequeña nota en la prensa checa, sobre la remodelación de un teatro en la Ciudad Vieja de Praga, levantó una tormenta de imágenes en mi cabeza. Mil campanas resonaron en todo mi cuerpo. La Ciudad Vieja es un barrio central de Praga, su corazón, su memoria, sus sufrimientos, misterios, olores, sabores, luces y sombras. Son sus ‘gritos y susurros’.
La hora 0
Cuando el siglo pasado se partía a la mitad como una sandía madura, a media noche en punto de un 25/26 de mayo, mi madre daba a luz. Era la primavera, mayo del 55, los lilos llenaban los jardines de Praga con un aroma embriagante, las gatas parían sus crías y las parejitas de enamorados surgían como hongos después de la lluvia. Unas semanas antes se celebró el décimo aniversario de la victoria sobre el fascismo en Europa y en la cima de la colina de Letná se acaba de develar una enorme estatua de Stalin. Nací a una hora indefinida, la hora cero, cero minutos, que llevó a discutir al doctor con la enfermera sobre el registro de la fecha de nacimiento. Quedó inscrita la fecha del 26. porque yo ‘ya estaba en este mundo’ según declaró el médico.
Cuando estrené mi mochila roja
Seis años después, un 12 de abril, el país y el mundo entero se estremeció de asombro y de alegría ante la noticia sobre la conquista del cosmos. El sonriente cosmonauta ruso Yuri Gagarin abrió la frontera del horizonte que nos separaba del espacio exterior de la tierra. El 22 de julio del mismo año, la R.D.A cierra la frontera entre el Berlín del este y del oeste y un mes después inicia la construcción de un muro entre las dos partes de la ciudad. Un muro que pronto se convirtió en una fortaleza de cemento de 5 metros de alto, rodeando completamente el Berlín occidental.
En esta misma época entré a la escuela. 1 de septiembre del 1961. La fecha escrita con tiza en la pizarra negra en letra cursiva impecable, de un solo trazo seguro y suelto de la maestra de ojos negros profundos.
Sentada en el pupitre de la tercera fila, no sabía que mirar primero, si a la maestra, la pizarra o los libros de textos ilustrados frente a mí, la pluma, el tintero y lápices de colores. Todo ordenadito, oliendo a nuevo, colorido y mío. Elegí dirigir mi atención a lo que se podía tocar y oler.
Mientras tanto mi mamá, en un vestido veraniego, se codeaba con una multitud de otras mamás recostadas en las paredes del aula. La inundaba una gran emoción. Su niña, Dendulka, la menor, ya estaba en escuela. Mucho ha cambiado desde que los hijos mayores iniciaron su carrera escolar. Ahora hasta los útiles y libros eran gratis. Un chico lloraba desconsoladamente. Yo también tenía un poco de susto, por tantas niñas y niños desconocidos.
Pero valió la pena. Mi mochila nuevecita de cuero rojo emanaba el olor característico de la piel bovina. Este sólo recuerdo me activa las células olfativas y gustativas. Escucho, como si fuera real, el chasquido de los cierres metálicos de la mochila, desde mis manos fluye el recuerdo de una placentera sensación de autoimportancia que me mantenía abriendo y cerrando la mochila una y otra vez, una y otra. Clic, clic, clic.
La maestra Vera Zajícková, nos daba bienvenida y nos introducía a unas cuantas reglas básicas de comportamiento en clase. Se nos insistía en mantener las manos detrás de la espalda, no hablar sin que se nos solicite y levantar la mano pidiendo palabra. La camarada Zajícková era joven, tenía un abundante y ondulado pelo negro, que le llegaba hasta los hombros. Su rostro expresaba seriedad, sin embargo sus gestos, postura y voz eran cariñosos y maternales. Yo escuchaba la voz de la maestra Vera, como quién escucha el gorgojeo de una cascada. Me inundaban sensaciones de curiosidad, temor e impaciencia por coger la pluma y sumergirla en el tintero.
Frente a una docena de pupitres dobles estrenando dueños, se extendía la orgullosa y dominante pizarra negra, junto a la imagen del presidente Antonín Novotný y del cosmonauta soviético Yuri Gagarin. Así como el 12 de abril la gente quedaba paralizada en media calle escuchando la voz festiva que brotaba de los altoparlantes ubicados en las calles anunciando la conquista del espacio cósmico por el ser humano, yo, la pequeña Dendulka, estaba abrumada con una emoción nueva y desbordante. Para mí en ese momento nacía un universo nuevo, el del saber, de la libertad e independencia. Y también el de los muros, que no dejan ver más allá de la razón.
Entre muros, juegos y misterios
Una semana más tarde comencé yo sola atravesar camino a la escuela, las curvilíneas calles de la Ciudad Vieja, con edificios llenos de secretos, escondites e historias.
Mi escuela se encontraba en la calle Masná, a una cuadra del edificio donde setenta años atrás estudiaba Franz Kafka, escritor de raíces judías, que en su obra mezclaba con toda naturalidad la fantasía con la realidad. Y es que viviendo en la Ciudad Vieja de Praga, una no se puede escapar al eterno balanceo entre el estado de vigilia y del sueño. Algunos de los edificios y templos que rodean mi escuela en Masná tienen una historia de más de siete siglos. Las antiguas casas llevaban nombres de fábula: La casa de la Campana de Piedra, Del Elefante Negro, De tres Violines, Del Caballo Azul, Del Anillo de Oro, Del Asno en la Cuna, De Dos Soles. Incontables leyendas y misterios acompañan la historia de Praga y de su gente. Historias a veces cómicas y divertidas, a veces crueles y desconcertantes.
Sin embargo, con la entrada a la escuela, la percepción inmediata, con la que exploramos y conquistamos el universo al abandonar el seguro y cálido vientre materno, comenzó a quedar en el olvido, inundando mis sueños de imágenes incomprensibles. La insaciable curiosidad prefirió alimentarse de ideas, conceptos, etiquetas, razones lógicas y explicaciones, que en la escuela abundaban como manzanas en el otoño. Y no tardé mucho en dejarme convencer que la mente dominaba al cuerpo y a los sentidos, así como el cochero dirige los caballos que tiran de la carreta.
Apenas dominé un poco la escritura, hice una carta a una revista infantil preguntando – ¿Qué va a pasar cuando el Sol se acabe? Mi pregunta fue publicada en la revista junto con la tranquilizante respuesta – Faltan millones de años para que el sol consuma toda su energía. No tardé mucho para encontrarme otra razón de preocupaciones – el infinito. Sin importar de que forma abordaba el problema del infinito, se me hacía imposible imaginármelo. En mis fantasías sobre el universo, siempre llegaba a una orilla, todo tenía su principio y fin.
Pero cuando atravesaba junto con mis amigas las calles de Praga, desde la escuela a mi casa, entraba, sin darme cuenta, en un mundo infinito, multidimensional, colorido, sorprendente. Primero solíamos meternos en las catacumbas de un bunker antiaéreo clausurado, que estaba al puro frente de la escuela. Entrábamos ahí moviendo dos tablas de madera que tapaban la entrada. Todavía puedo sentir escalofríos, recordando los pasillos húmedos, oscuros, con barro en el piso y en las paredes dibujos de pocos trazos, simbolizando los órganos sexuales masculinos y femeninos. El miedo era siempre más fuerte que la curiosidad y nosotras salíamos de ahí corriendo al ver alguna sombra sospechosa o un ruido no identificable. A veces bastaba un estornudo de una de nosotras.
La siguiente parada solía ser la iglesia de San Jacobo, donde en la oscura altura de una cúpula de este antiquísimo templo, se mecía algo parecido a un trapo. La leyenda cuenta que la estatua de Virgen María en el altar principal era considerada milagrosa. La gente le traía regalos y ofrendas. Un ladrón que quiso robarse un collar con monedas de oro, quedó atrapado por la mano de la Virgen. Según la leyenda, al ladrón le fue cortada la mano y colgada en una cadenita en las alturas de los imponentes cielos de la iglesia. Nosotras nos paramos abajo observando y discutiendo si era verdad o no y que podría ser aquello.
Cuando el día era soleado seguíamos a un parque infantil a jugar bolinchas y dar vueltas en barandas metálicas. De vez en cuando nos deteníamos en una casa vieja, con ventanas grandes que daban a la calle, adornadas con cortinas de nylon de un color indefinible, llenas de polvo. Ahí había un timbre grande al alcance de nuestras pequeñas manos. Tocábamos el timbre varias veces y salíamos corriendo a toda velocidad, con nuestras mochilas llenas de libros brincando ruidosamente en la espalda. Escondiéndonos detrás de la primera esquina, escuchábamos los gritos de una pobre señora maldiciendo a todos los niños del mundo, malvados y malcriados. Ahí enriquecíamos nuestro vocabulario con más de una expresión jugosa del habla popular.
La última estación, antes de llegar a casa, solía ser el almacén de utilitería y vestuario del Teatro de J. Wolker. Detrás de un gran ventanal estaban expuestos en estantes de diferente altura, los más coloridos y exóticos sombreros, adornados con lazos, flores y plumas. Nuestras figuras se reflejaban en el cristal de la ventana y nos acomodábamos de tal forma que los sombreros parecían descansar sobre nuestras cabezas, cubriendo las infantiles pavas, colas de caballo y trenzas. Nos hacíamos dueñas de los ‘nuestros’ y más de una vez armábamos pleitos cuando alguna quería apoderarse del sombrero que ya pertenecía a otra. En estas cruzadas después de la escuela, no existía el tiempo para nosotras. Pero no fue así para nuestras madres. La mía me ponía a escribir cien veces ‘Debo llegar temprano a casa’. Si me distraía y comenzaba a jugar, se agregaban otras cien veces ‘Debo hacer caso a mi mamá’. Creo que hubiera preferido que me corten la mano y la cuelguen en la iglesia, que estar escribiendo tanto tiempo con la mano ya entumecida un texto tan terriblemente aburrido. Si bien mi letra se benefició y nunca tuve problemas con la escritura, a su vez desarrollé una alta resistencia a ciertas tareas repetitivas y obligatorias.
El tiempo, el infinito y los sentidos
Medio siglo pasó ya desde que se construyó el muro de Berlín, desde que Gagarin dio vuelta al mundo en un cohete y yo entré a la escuela. El muro de Berlín está convertido en polvo, la estatua de Stalin fue derrumbada y en su lugar fue colocado un gigante metrónomo llamado La máquina del tiempo. El infinito del universo amplio sus inexistentes fronteras extendiéndose al mundo imaginario humano a través de la red Internet. Praga está lejos, a miles de kilómetros, detrás del océano. Y a la vez está aquí, frente a mí, en la pantalla de la computadora. Quién soy yo, dónde estoy, qué hora es? Qué caos....
Pero cuando acaricio la suave piel de mi gata, todo toma su lugar. Las memorias, los misterios no resueltos, el pasado y el futuro. Como si el tacto fuera un cohete que me lleva al universo donde las diferentes dimensiones, que a través de años acostumbré a observar por separado, se vuelven a unir.
Hace calor, me levanto para partir una piña madura y me la como lentamente llenándome de su sabor agridulce.
10.04.2011 Fotos de murales que se encuentran alrededor del Hospital Calderón Guardia, San José. Ultima pintura es de Xiomara Blanco